“¿Hay aquí algún niño que se haya portado mal?” A buen seguro, esta frase sonará a los fuentecanteños que ya pasen de los cincuenta; incluso a alguno de ellos puede que aún le recorra un escalofrío de terror al recordarlo. Se trata de la carta de presentación con la que ‘los ramiros’, personajes demoníacos (la mayoría hombres, aunque también había algunas mujeres), se presentaban en las casas a lo largo del fin de semana que cerraba la Semana de Pasión.

Ya en los días anteriores, las madres, pero sobre todo las abuelas, advertían a los infantes más revoltosos: “cuidadito, que pronto salen los ramiros”. Esto bastaba para aquietarlos al menos durante un rato.

Pero la verdadera cuenta atrás se iniciaba a las 11 de la mañana del sábado, con el Oficio de Resurrección*. Terminado éste, justo al mediodía, el repique de campanas en todas las iglesias de la población indicaba que Cristo había vuelto de entre los muertos, y también que los ramiros estaban ya en las calles.

Normalmente, cada barriada tenía sus propios ramiros, personas de la misma zona que salían disfrazadas ese día y que hacían desaparecer como por ensalmo cualquier presencia infantil en las calles.

Muchos niños se metían bajo las camas o se ocultaban en los doblados o en un armario o en el gallinero… No era para menos. Vestían estos personajes ropas de labor desgastadas, casi harapos. Normalmente, pantalones holgados y remendados de color grisáceo, chaquetas de pana oscura, camisas también oscuras y botas. Cubrían la cara con una media que deformaba sus facciones o con una máscara de tela de saco, y se coronaban con sombrero, por lo general una mascota

En una mano, un hocino; en la otra, un saco de arpillera que mostraba bultos redondeados, supuestamente las cabezas cortadas de niños malos (en realidad, panes redondos). A menudo, anunciaban su presencia con un cencerro que llevaban enganchado al fajín y que sonaba al ritmo de sus pasos. “Ya vienen”, susurraban los amedrentados niños, temiendo que los ramiros tuviesen la capacidad de oir a distancia. “Ya vienen”, advertían en voz alta las abuelas, como constatación de que las advertencias de los días anteriores no habían sido en vano.

Solo entreverlos infundía pavor y había que encomendarse a las madres y abuelas para que les diesen buenas referencias y librarnos de caer en manos de los siniestros ramiros. La escena tenía toda la tensión de un thriller de terror: el ramiro golpeaba con el mango del hocino contra la puerta a modo de llamada, y bramaba: “¿hay aquí algún niño que se haya portado mal?” Normalmente, la abuela prolongaba unos segundos la angustia, sabiendo que los pequeños aguzaban el oído esperando la sentencia: “pues no sé, déjeme pensar un momentino…” Casi se podían escuchar los pensamientos infantiles: “que diga que no, que diga que no”. Al cabo, la abuela respondía: “pues no me acuerdo de que hayan hecho nada malo”. Suspiro aliviado, ante la despedida del ramiro: “bueno, entonces me voy, pero si alguno se porta mal, me avisa”. Se alejaba el sonido rítmico del cencerro, pero solo era una tregua; todos sabían que podían volver. Mejor no provocarlos.

Según la tradición, los ramiros eran demonios que, al morir el Hijo de Dios, habían salido del infierno para apoderarse de la tierra. Sin embargo, al resucitar Jesucristo, se retiraban apresuradamente de vuelta al averno, no sin antes intentar llevar consigo algunas almas infantiles descarriadas**. ¿Lo eran en realidad? Puede que no, pero el caso es que para añadir más misterio a esta antigua costumbre, no se conserva ninguna imagen fotográfica de estos espíritus diabólicos. O nunca existieron porque nadie logró captar fotos de estas ánimas descarriadas o todas se han perdido.

No se sabe de ningún niño que los ramiros se llevasen al reino de Satanás. Pero, eso sí, durante el Sábado de Gloria y el Domingo de Resurrección, no había en el mundo niños que se portasen mejor que los de Fuente de Cantos. Por si acaso. Y es que tampoco se sabe de ningún niño atrapado por la temida ‘mano negra’ que habitaba los pozos. Pero, claro, razonaban los críos, ¿cómo lo íbamos a saber si a quien se llevaran nunca más volvió?

De hecho, hasta hace bien poco, y pese a que los temidos ramiros no salen desde décadas atrás, las abuelas seguían utilizando el conjuro ante cualquier atisbo de ‘rebelión’ de los más pequeños de la casa: “sigue portándote así”, regañaban, “verás tú cuando vengan a por ti los ramiros”. Y funcionaba incluso con aquellos que nunca habían visto uno.

Un día, un año, los ramiros dejaron de salir, sin que se sepa bien por qué. Quizá fue porque los tiempos cambiaron y ya nadie quería hacer el papel. Quizá porque los demonios se cansaron de un ciclo que les daba solo tres días de poder y luego les devolvía a las tinieblas. Desde entonces ha habido algún amago de recuperarlos, incluso figuraba en el programa electoral de algún partido, pero lo cierto es que nada cuajó.

*Aunque existe cierto debate, parece claro que Jesucristo murió entre las 12 del mediodía y las 15.00 horas del miércoles (entre las denominadas ‘primera y segunda tarde’. Esto es así porque el día siguiente, jueves, era Día de Reposo por la Pascua Anual judía, una fecha muy señalada en la que no podía realizarse labor alguna. De ahí que amigos y familiares de Jesucristo rueguen que se les permita retirarle de la cruz y enterrarle con urgencia, pues de otro modo su cuerpo tendría que permanecer durante toda la Pascua Anual en la cruz.

**Especulando con los ritos, puede interpretarse que la fiesta de Ramiros es, en realidad, anterior al cristianismo. Recordar que la fiesta conocida ahora como Halloween es de origen celta (como lo eran los pobladores de la zona de Fuente de Cantos) y marcaba el inicio de la Estación Oscura en la que los espíritus de los muertos salían de sus tumbas para apoderarse del cuerpo de los vivos (de ahí que se les tratase de ahuyentar con calaveras, faroles con caras terroríficas, huesos y demás parafernalia que pretendería demostrar a esos espíritus que en la casa no había nadie vivo ya). Los Ramiros serían, por tanto, el camino inverso: nacía la Estación de la Luz (para los celtas solo había dos estaciones) y los espíritus se recogían de nuevo en sus tumbas, eso sí, intentando llevarse lo que pudieran.

Ilustración principal: Cayetano Ibarra