Mario Peloche

La entrada de la caverna es una catarata. Los dioses lloran, y su sufrimiento es una voz terrible, uñas de llamaradas azules que desgarran el vientre del cielo. El hombre retrocede asustado hacia la hoguera. Una mujer y un niño se acurrucan allí, buscando amparo en su calor. Los tres presentan los mismos arcos de hueso salientes sobre las cejas, la frente baja y la cara proyectada hacia delante, sin mentón. El hombre, bajo pero muy fornido, se sienta junto a ellos. Percibe su miedo, el mismo miedo que tiene él hacia lo que ruge fuera, hacia lo que no se ve ni se puede abatir. Pero tiene algo para infundirles ánimo: su historia, la que le legó su padre, que a su vez le fue dada por el jefe de otra tribu. Señala una oquedad de la pared más cercana. Allí, plasmada en ocre, observan una mano de cuatro dedos. Mira a su mujer y a su hijo, y con voz nasal, empieza a contar la historia del antiguo chamán que la pintó soplando polvo desmenuzado de roca roja sobre sus propios dedos. La historia de un pueblo fuerte que abate a la caza con el vigor de sus brazos, y que aplaca al cielo a través de sus plegarias. De multitud de tribus dispersas por toda la tierra pero unidas por el tenue hilo de sus relatos.

Una escena parecida a esta pudo darse muy cerca de nuestras casas. Al menos, en la que yo pasé la infancia, así lo hizo. A poco más de un kilómetro de casa de mis padres en Cáceres se encuentra, ya dentro del casco urbano, la Cueva de Maltravieso. Casi siempre la he conocido cerrada por una enorme verja de hierro, debido a distintos episodios de vandalismo que ha sufrido. Pero, como en una visita penitenciaria, me he asomado entre los barrotes a observarla, como si fuera un familiar; me he detenido a contemplar la enorme abertura que forman varios plegamientos de rocas calizas, y que dan paso a una serie de galerías bajas que no pueden visitarse. Y ahí, mi imaginación de escritor, alimentada por la previa visita a su centro de interpretación, han hecho el resto: imaginar a nuestros ancestros, los cromañones, nuestros abuelos sapiens, habitándola, y dejando en sus paredes decenas de improntas de manos hace la friolera de más de veinte mil años.

Pero hace unas semanas, un grupo de científicos del instituto Max Plank vinieron a poner patas arribas mis fantasías, y, de paso, todas estas ideas establecidas por la ciencia. Dataron de nuevo esas impresiones, utilizando las técnicas más modernas, y aumentaron su antigüedad hasta casi los 67.000 años. Hasta aquí, no parece extraordinario. Pero lo es, vaya que sí. Y lo es porque, en esa época…¡no había homo sapiens en Europa! ¿Y quienes vivían allí entonces? Una única respuesta posible: los neandertales.

Neandertales. Esos familiares que creíamos lejanos y que las películas y las publicaciones antiguas pintaron como brutos, torpes, con rasgos simiescos. Los relegamos al lugar de primos terceros, necesarios como los de la propia familia para rellenar una boda, por más que no tengamos contacto con ellos. Pero es que lo tuvimos. Y mucho. Hibridamos. Sí, nos mezclamos, idea que hace unos años hubiera sido tomada por una locura. De hecho, cualquiera de nosotros, ahora mismo, paseando por la calle con nuestros pantalones y nuestras  ocupadas ocupaciones, poseemos en nuestro propio ADN entre un 3 y un 5 % de material genético neandertal. Eso significa que nuestra cercanía es mucho mayor que la que suponíamos. Como muchos estudios parecen atestiguar, habría que denominar a los neandertales como homo sapiens neandertalensis. Habría que llamarlos hermanos. Y no solo por esta evidencia de que nuestros linajes se cruzaron, sino porque tenían el cerebro tan grande como nosotros en proporción a su peso corporal, una capacidad de lenguaje muy parecida, enterraban a sus muertos y les realizaban rituales funerarios. Y, como demuestra la datación hecha en Maltravieso, poseían además la capacidad de expresarse mediante símbolos. Y esto es trascendente. Hasta este momento, no había pruebas de comportamiento simbólico que no hubiera sido realizado por nuestros abuelos cromañones. Y, a su vez, se pensaba que los neandertales habían aprendido a adornarse, a expresarse en las paredes, de ellos. Por copia y pega, vamos. Pero esta datación viene a decir que, como mínimo, hubo influencia mutua, y que, muy probablemente, fuimos nosotros los que les “copiamos” a ellos esta manera simbólica de expresarse.

¿Y es esto importante? Mucho. Muchísimo. Un símbolo es una cosa que representa a otra: una palabra, una imagen, una pintura. ¿Qué significado simbólico perseguía entonces pintar una mano en una pared? Elegir esa parte del cuerpo no fue casual. Es la que más nos define como humanos, la que arroja la lanza y acaricia, y demostraba tener anhelo de dejar constancia de esa humanidad; demostraba poseer la consciencia de uno mismo, lo que a su vez suponía la capacidad de ponernos en el lugar del otro, beneficiando así las relaciones sociales.

Y había millones de símbolos que rodeaban a nuestros antepasados: símbolos en el cielo estrellado, y en las nubes, y en los truenos, y en el perfil de las montañas que asemejaban animales petrificados; símbolos en las palabras del agua que corría brava, y en el idioma feral de los animales. Y llegó un momento en que el hombre no solo aprendió ese lenguaje de la naturaleza, sino que lo tradujo; aprendió a expresarlo en otros símbolos, en pinturas, en historias de las que aprendieron los hijos, que las legaban a los suyos en forma de tradiciones cuando formaban sus propias tribus.

Así, fueron transmitidas de población a población las normas del tiempo, el rigor de las estaciones, las querencias de las presas, los peligros de las aguas heladas y las bondades de los pastos de los valles. Aprendimos a establecer relaciones entre comunidades y a establecer planes de futuro.

Aprendimos, en definitiva, a establecer vínculos mediante las historias contadas a la luz de una hoguera.

No sabemos por qué, pero el caso es que los neandertales desaparecieron. Quizás nuestro cerebro era más eficiente, nuestro lenguaje más completo, nuestras armas más refinadas, o por simple superioridad numérica. El caso es que hace aproximadamente 40.000 años nosotros les sustituimos, y acabamos habitando sus mismas cuevas, pintando los mismos lienzos de piedra, contando historias semejantes a la luz de las hogueras.

Y eso, en la prepotencia que siempre ha caracterizado a nuestra especie, es lo que no se nos debería olvidar: que aprendimos a darle sentido al mundo dando sentido a nuestros propios sueños…a través de los de nuestros hermanos.