Por fin, el pasado 1 de abril, los Misioneros de la Preciosa Sangre se desvinculaban completamente del colegio San Francisco Javier, de Fuente de Cantos, al completarse por parte de la Consejería de Educación y Empleo el traspaso del concierto y otorgarse la autorización administrativa a la Sociedad Educativa San Francisco Javier para hacerse cargo del centro.

Este desbloqueo de la situación ha sido posible gracias al empeño y la ilusión de los ya socios-trabajadores del colegio, a la generosidad de los extrabajadores a los que se pretendió por parte de la congregación religiosa dejar tirados sin cobrar atrasos ni indemnización, y a la intervención de la propia Consejería de Educación y Empleo, que forzó a la entidad religiosa a aceptar una negociación, cuando su intención era salir de rositas de todo el asunto.

Así, tras las reiteradas sentencias de los Juzgados de lo Social que condenaban a los Misioneros de la Preciosa Sangre a pagar atrasos e indemnizaciones a personas que llevaban 40 años de servicio y fueron despedidas en dos minutos, la congregación pretendió eludir el pago alegando que no contaba con fondos. Paralelamente, la misma entidad religiosa anunciaba una inversión –“con fondos propios”, se jactaba—de millón y medio de euros en un hotel y un restaurante en Cáceres.

El primer varapalo a las intenciones de los ‘Preciosos’, como eran conocidos, fue que el Tribunal Superior de Justicia de Extremadura declaró embargable el concierto educativo que los Misioneros habían firmado con la Consejería. Pero ni así accedieron a negociar una salida pagando a los extrabajadores lo que los juzgados decretaron. En lugar de eso, se permitió que los actuales trabajadores pasasen meses sin cobrar sus nóminas, hasta que la situación se hizo insostenible. Estos trabajadores ya habían constituido una sociedad para hacerse cargo del centro pero, obviamente, no podían asumir las deudas de la congregación por los impagos a quienes habían sido despedidos injustamente.

La situación llegó a un punto crítico cuando los trabajadores actuales llegaron a plantearse abandonar sus puestos, lo que habría supuesto dejar sin clase a casi medio millar de alumnos en mitad de curso. Tomó cartas en el asunto la Consejería de Educación y Empleo, forzando a los Misioneros a sentarse a negociar.

En esta negociación, los extrabajadores han mostrado su generosidad renunciando a una parte importante de lo que se les debía, y también admitiendo un pago a plazos en varios años, sobre todo por solidaridad con quienes seguían trabajando y habían sido hasta hace no mucho sus compañeros, y también por el deseo de que el colegio se mantuviese abierto.

Finalizado con éxito este proceso, ni siquiera el escrito postrero de los Misioneros de la Preciosa Sangre ha logrado enturbiar la satisfacción por que todo haya llegado a buen puerto. Dicho escrito es una ‘autojustificación’ de la congregación de una conducta injustificable. Más allá de la referencia al papel del colegio en la localidad, que nadie cuestiona –lo que se cuestiona es la gestión y la actitud del último lustro, que empañó una trayectoria de más de medio siglo—se recogen expresiones como “la disminución del alumnado, la situación económica que atraviesa la Congregación y la disminución de misioneros de la Congregación son circunstancias que imposibilitan que los Misioneros podamos seguir con el proyecto educativo”, argumento sorprendente cuando se está anunciando la ya citada inversión con cargo a sus arcas de millón y medio de euros.

Pero además añaden: “más allá de acabar con él (con el colegio) se ha hecho un sobre esfuerzo por parte de la Congregación y profesores para que el proyecto sigua adelante con más fuerza si cabe”, lo que resulta casi un sarcasmo (no por lo que se refiere a los trabajadores actuales, que sí han realizado un gran esfuerzo) ya que la Congregación pretendía en todo momento desvincularse sin hacer frente a sus responsabilidades judiciales, dejando a una decena de familias sin sustento alguno pese a habérselo ganado con su trabajo, como así reconocían las sentencias.

Finalmente, llama la atención que en todo el escrito de los Misioneros no haya ni una sola referencia a esos extrabajadores, cuyas cesiones en derechos han sido decisivas para que el proyecto llegase a un final adecuado. Apenas en un párrafo les cita de pasada diciendo que agradece “sus mensajes de apoyo”. Increíble.

Es de esperar que, al menos, la congregación si realice sin demoras ni sobresaltos los pagos periódicos a que se ha comprometido con estos extrabajadores.