Cuando el combustible se dispara… y recordamos lo que olvidamos

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El precio de los combustibles vuelve a estar en el centro de la conversación pública. Gasolineras que rozan los 2 euros por litro en algunos puntos de España, agricultores denunciando subidas del 41 % en el gasóleo agrícola y sectores enteros alertando del impacto directo sobre la economía diaria.

No es una situación nueva. Cada crisis internacional —una guerra, una tensión geopolítica o un bloqueo estratégico— vuelve a recordarnos algo que ya sabemos: Europa y España siguen dependiendo en gran medida del petróleo que llega desde fuera. Cuando el mundo se desestabiliza, el surtidor es el primer lugar donde lo notamos.
En las últimas semanas el detonante ha sido el conflicto en Oriente Próximo, con tensiones que afectan al comercio energético mundial. El Estrecho de Ormuz, por donde pasa cerca del 20 % del petróleo global, se ha convertido de nuevo en un punto crítico. Cuando esa arteria se tensiona, el precio del crudo reacciona de inmediato y el consumidor acaba pagando la factura.

El resultado es conocido: transporte más caro, producción más cara, alimentos más caros. El campo español, por ejemplo, calcula sobrecostes de millones de euros diarios por el encarecimiento del gasóleo y los fertilizantes.

Pero junto al encarecimiento del combustible aparece otro fenómeno curioso: la memoria selectiva de la política energética.

Durante años el debate energético en Europa se simplificó hasta extremos casi ideológicos. Algunas tecnologías eran presentadas como el futuro absoluto y otras como un pasado que debía desaparecer cuanto antes. Entre ellas, la energía nuclear, señalada durante décadas por sus riesgos y su impacto.
Sin embargo, cuando el precio del petróleo se dispara y la estabilidad energética se tambalea, el discurso cambia. De repente, la nuclear vuelve a aparecer en el debate como una fuente “fiable y con bajas emisiones”, según han defendido recientemente responsables europeos al pedir que se reabra la discusión energética en el continente.

La paradoja es evidente.
Durante años se insistió en que determinadas tecnologías debían cerrarse rápidamente. Hoy, ante una nueva crisis energética, muchos empiezan a preguntarse si esa decisión se tomó con la suficiente visión estratégica. No porque la nuclear haya dejado de tener riesgos —que los tiene— sino porque la seguridad energética también es un factor político, económico y social.

La realidad es más compleja que cualquier consigna. Las renovables han avanzado de forma extraordinaria y son cada vez más baratas y necesarias. Pero el sistema energético moderno sigue dependiendo de una combinación de fuentes que garantice estabilidad, producción constante y precios razonables.
Y ahí es donde aparecen las contradicciones.
Cuando todo funciona, el debate energético se mueve en el terreno de los principios. Cuando llega una crisis, vuelve a imponerse la realidad: la energía no es solo una cuestión ambiental, también es una cuestión de soberanía económica.

Por eso cada subida del combustible deja algo más que un agujero en el bolsillo del ciudadano. Deja también una pregunta incómoda sobre la mesa:

¿Estamos diseñando la política energética pensando en el largo plazo… o simplemente reaccionando a cada crisis cuando ya es demasiado tarde?
Porque cuando el surtidor marca cifras récord, lo que parecía un debate ideológico se convierte de pronto en algo mucho más simple: la capacidad de un país para seguir funcionando sin depender de lo que ocurra a miles de kilómetros de distancia.