Seguro que usted ha leído alguna noticia de este estilo: “muere un niño al saltar desde una ventana emulando a Superman”. ¿Cómo es posible? Pues porque a ciertas edades los límites entre realidad y ficción son difusos, y los niños y niñas son esponjas que absorben todo, pero muchas veces no pueden procesarlo correctamente. Para eso está su familia y el equipo educativo de su centro. A nadie se le ocurriría, a la vista de esos sucesos tan trágicos, pedir que se prohibiesen las películas ¿verdad? Sí, en cambio, y llegado el caso, si nuestro hijo o nuestra hija nos pide el traje de superhéroe o superheroína, le haremos entender que, vale, que se puede disfrazar, pero que debe entender que los superpoderes son cosa de las películas, no realidad.

Y mientras protegemos a la población infantil  de que salten por las ventanas, en cambio parece no alterarnos, o no lo suficiente, que se asomen a otros abismos tan peligrosos como ese.

Me refiero, en este caso concreto, al contenido de ciertas canciones de reggaetón, rap o ese estilo intermedio denominado trap. A lo más que llegamos es a escandalizarnos, pero nos escandalizamos como personas adultas, por considerar las letras de mal gusto, machistas o violentas. No tenemos en cuenta que somos personas adultas que podemos procesar la información y rechazarla, repudiarla, pero que los niños y las niñas seguramente no tienen la madurez suficiente para hacer lo mismo.

Para la población infantil, estas letras, en principio, no tienen un significado comprensible, pero sí van moldeando una forma de pensar que se va a terminar manifestando posiblemente más adelante, a partir de la adolescencia. Lo que para la población adulta  es un desvarío del grupo musical de turno, para el público infantil  puede llegar a ser una pauta de comportamiento normalizado, una forma de relacionarse tan aceptable como cualquier otra. Ahí estaría el riesgo.

¿Estoy pidiendo censura o prohibición? En modo alguno, creo en la libertad de expresión, con los límites que marca la ley, entre otros, la violación de la intimidad o la imputación de delitos. No creo que un hombre adulto vaya a convertirse en un violador o un asesino por escuchar una de esas composiciones. Ni que una mujer se vuelva sumisa al macho o quizá también asesina por lo propio.

La cuestión es otra: ¿dejaríamos a nuestros hijos y nuestras hijas de 9, 10 o 12 años ver porno? ¿Y películas como Hostell, Irreversible, Holocausto Caníbal o la saga Saw…?

Sin embargo, gracias a las nuevas tecnologías, pueden tener acceso ilimitado a unos contenidos que denigran a la mujer, convirtiéndola, en el mejor de los casos, en un objeto sexual, listo para ser usado, y en el peor banalizando las violaciones, incluso declarando que es algo que gusta a la mujer. O, en su otra cara, manifestando que el uso de la violencia extrema contra otros está justificado para resolver desacuerdos. No, no voy a reproducir ninguna letra, no me da la gana de dar más publicidad a sus ‘creadores’, porque, además, mucha de su fama viene precisamente, no de su calidad, sino del escándalo y rechazo que provocan. Si quiere leerlas o escucharlas, busque en internet, dará con ellas enseguida. Porque lo que fue en su día un movimiento contracultural, de protesta, de reivindicación social, hoy está copado por machistas y violentos. Pero esa es otra cuestión.

Como decía, niñas y niños  tienen acceso libre a estos contenidos, unos contenidos que van moldeando su forma de pensar, su visión de las relaciones humanas. Al banalizarse ciertas actitudes, se interiorizan como ‘normales’, y, peor aún, como transgresoras, como parte de una rebeldía consustancial a la adolescencia y la juventud. De ese modo, el machismo o la violencia, y, como no, la violencia machista, no serían algo repudiable, sino incluso admirado, un símbolo de que somos rompedores y rompedoras, de que nos ‘liberamos’ de la generación anterior, de sus tabúes y de sus normas.

Ahí está el abismo, en la banalización y la normalización. En permitir que en las mentes menos maduras germine una semilla que puede ir forjando una generación que retroceda décadas en cuanto a igualdad y respeto. ¿Alarmista? Bien, ¿a qué cree que obedece la proliferación de casos en los que se da el ciberacoso entre escolares, en su variante de lograr imágenes de una compañera de clase desnuda y luego difundirla u obligar a esa compañera a someterse a los deseos sexuales del acosador o acosadores? ¿Son esencialmente malvados sus protagonistas o es que, en realidad, en el proceso de banalización, no dan demasiada importancia a lo que hacen?

Por eso, lo que sí debería pensarse es en poner algún límite al acceso de esos contenidos a ciertas edades. Ya se hace con otros contenidos, como los audiovisuales, poniendo indicaciones sobre la edad del público al que va destinado, y también con los videojuegos. A partir de ahí, de ese sistema de acceso a lo que es adecuado para la madurez de cada persona, entran en juego la familia y la comunidad educativa

Aquí nadie debe escurrir el bulto, cada cual tiene su cuota de responsabilidad que debe asumir. También podemos seguir como hasta ahora, escandalizarnos y no hacer nada más. Bien, es una opción, pero luego no servirá lamentarse.